En 1879, el sociólogo y físico aficionado francés, Gustave Le Bon, argumentó en una de las revistas más prestigiosas de la época que el cerebro de las mujeres era más parecido al de los gorilas que al cerebro desarrollado de los hombres. “Su inferioridad es tan obvia que en este momento nadie puede negarla”, postuló. Fue este hecho, según reflexiona la doctora en neurociencia, miembro de la Red de Investigadoras, activista feminista y divulgadora del Centro de Comunicación de las Ciencias de la Universidad Autónoma, Vania Figueroa, lo que sentó las bases para que se desarrollaran mitos que finalmente cimentaron y articularon una cultura dentro de la ciencia –y la neurociencia en particular– en la que cualquier mínima diferencia sirve para justificar la desigualdad de derechos y tratos en la sociedad entre hombres y mujeres.

Lo cierto es que la única diferencia tangible tiene que ver con el tamaño; las mujeres tenemos el cerebro ligeramente más pequeño que el de los hombres y eso, al igual que el resto de nuestro cuerpo, tiene que ver con la proporcionalidad respecto a nuestro físico. Pero esa diferencia en el tamaño podría explicar solo un 2% de variabilidad en la inteligencia. Aun así, como explica la especialista, gran parte de la comunicación científica se ha encargado de aferrarse de ese porcentaje para justificar la subyugación y puesto de inferioridad que históricamente han ocupado las mujeres. “Todos los estudios apuntan a que no existe un cerebro masculino y uno femenino. Lo único que puede determinar el cómo somos y a qué nos vamos a dedicar es nuestra interacción con el entorno, es decir la socialización desde la temprana infancia. En ese sentido, el historial genético o la pobreza sí son factores determinantes, por ejemplo. Si te criaste en entorno de pobreza probablemente tengas rasgos menos desarrollados, y eso tiene que ver con educación, acceso y con no haber tenido un ambiente enriquecido y nutritivo. Lo mismo con las habilidades blandas; esa idea de que nosotras las tenemos más desarrolladas surge desde la socialización, y no son adjudicables a un género”, explica. “Pero de vez en cuando, surgen estudios que ocupan un sexismo para intentar justificar la desigualdad de género sobre la cual hemos construido esta sociedad”.

Eso, como explica la investigadora, es conveniente. Porque así como se ha podido reforzar la idea errónea de que las mujeres son menos dotadas intelectualmente, también se ha podido postular que estamos naturalmente dotadas para hacer múltiples tareas a la vez. “Y eso, en definitiva justifica que tengamos una doble o triple jornada laboral. O que nosotras nos hagamos cargo de la mayoría de la crianza y a su vez de múltiples cosas más”, reflexiona.

Son esos relatos, justamente, los que se han encargado de desmitificar desde la Red de Investigadoras; los que a través de las supuestas diferencias biológicas han dado paso o reforzado las diferencias de oportunidades y de derechos entre los géneros.

“Se trata de conocimiento científico que se ha divulgado de manera errónea, y que corresponde a sobreinterpretaciones de estudios con poco muestreo, que no son extrapolables a la condición humana. Por eso desde la Red hemos puesto estos elementos sobre la mesa, porque si bien es verdad que somos diferentes entre hombres y mujeres, no está estudiado que hayan ciertas características que le correspondan más a las mujeres solo por el hecho de ser mujeres. Es ese sexismo en la ciencia y neurociencia la que estamos tratando de combatir”.

No hay características que sean inherentes a la mujer, por el solo hecho de ser mujer. No hay, por ejemplo, algo en nuestra biología que determine que seamos más tiernas o empáticas.

No hay, a nivel de nuestra biología, un gen que determine que nosotras seamos más empáticas, tiernas o cariñosas. Eso no corresponde únicamente a un género en particular y tiene que ver más con los relatos sociales y culturales que se fueron construyendo y que terminan siendo una exigencia para nosotras. Esto es lo que genera el sexismo en la ciencia. Se le atribuye a la mujer una cierta personalidad o atributos solo por ser mujer, y eso no es así.

La idea de que somos capaces de hacer múltiples cosas a la vez, por ejemplo, surgió a propósito de un estudio en el que se develaron diferencias sutiles respecto al cuerpo calloso –una suerte de cable de fibras nerviosas que conecta los dos hemisferios del cerebro– de hombres y mujeres y la interpretación fue que las mujeres éramos capaces de comunicar de manera más efectiva nuestros dos hemisferios. A partir de eso se tejió un mito que postula que tenemos más habilidades para hacer muchas tareas a la vez. Y la verdad es que la evidencia indica que ninguna persona está capacitada para hacer múltiples tareas a la vez; nuestro cerebro tiene dos lóbulos frontales y eso nos habilita para hacer dos tareas al mismo tiempo. Si le agregamos más, aumentamos el tiempo de reacción por lo tanto hay más posibilidades de cometer más errores. Entonces en estricto rigor, no podemos hacer más de dos tareas, lo que hacemos es cambiar entre una y otra. Pero cuando cambiamos entre una y otra, eso implica milisegundos de falta de reacción que pueden significar la diferencia entre la vida y la muerte cuando estamos manejando, por ejemplo.

Dicho eso, no hay una estructura cerebral más desarrollada que determine que seamos más habilosas en algo que en lo otro, o que tengamos más habilidades blandas. Es la interacción con el entorno lo que determina más. Por ejemplo, la mayoría de las mujeres no sabemos jugar futbol pero porque desde que somos niñas no se nos permitió o no se nos fomentó la práctica. Pero resulta que experimentos demuestran que si entrenas a una persona que supuestamente no maneja esa habilidad, mejora los resultados. Todas las diferencias que vemos en cuanto a habilidades tienen que ver, más allá del historial genético, con el entorno y el cómo fuimos socializados.

¿Qué pasa con el instinto maternal?

Hay un hecho objetivo acá; nosotras podemos ser madres, tenemos un útero, y eso es un dato objetivo pero no se puede obviar. También podemos ejercer la lactancia. Pero el instinto no es algo que corresponda a un género. Esto parte por un estudio que se hizo en ratas, en el que suprimieron un gen en las hembras y vieron que perdieron la conducta materna del ‘grooming’, que básicamente tiene que ver con lavar, mordisquear o acicalar a sus crías. Extrapolar eso al ser humano, que ha evolucionado de una manera muy distinta por relacionarse en sociedad, es una exageración. Nosotras recaemos en un rol biológico de producir vida, pero no podemos generalizar a que todas las mujeres tenemos, por biología, una predisposición a ser madres o desarrollamos ese instinto o necesidad imperiosa.

¿Cómo lo hacemos hoy para incentivar la participación femenina en las ciencias? Si los estudios demuestran que incluso desde la infancia, cuando se les pregunta a niños y niños a qué género relacionan las materias escolares, las matemáticas y ciencias siempre están asociadas al género masculino y las humanidades al género femenino.

Las mujeres hemos construido un desarrollo científico por miles de años, solo que nuestros logros han sido invisibilizados o incluso robados. En los últimos años ha habido un gran esfuerzo global por incentivar las vocaciones científicas en las más jóvenes. Sin embargo, si bien ha incrementado el interés de niñas por seguir carreras científicas, estamos incentivando que ingresen a un mundo que todavía no tiene una estructura donde se puedan desarrollar libremente y progresar. Las estamos haciendo entrar a una estructura en la que finalmente van a ser expulsadas.

Hay un estudio que se hizo hace un tiempo por el cual se grabaron las visitas de familias a un museo de ciencias, y resulta que se demostró que los papás y las mamás le explican 3 o 4 veces más a los niños que a las niñas las exposiciones, independiente de la edad. Eso es muy develador, porque generalmente las vocaciones científicas nacen por cosas así, los padres pueden ser claves en el incentivo. Pero con resultados como esos, vemos que ya te están enviando un mensaje subliminal que la ciencia no es para ti porque eres mujer. De ahí lo extrapolamos al colegio, donde profesores le preguntan menos a las niñas, o no se destacan sus logros. Después en la universidad, tenemos que sacar el doble de nota para ser consideradas equivalentes a un varón que es más mediocre. En todos los niveles ocurre lo mismo. Entonces esto hay que abordarlo desde múltiples flancos y de manera simultanea. No podemos que vamos a incentivar las carreras STEM en niñas si no tenemos un país que aborda el tema de los cuidados o las diferencias salariales. Ese es el desafío que tiene este nuevo gobierno, porque los organismos internacionales ya llevan tiempo alertando que no hay forma de alcanzar el desarrollo para ningún país si las mujeres no se incorporan plenamente a todas las áreas científicas. Los objetivos del desarrollo sostenible van de la mano y están interconectados, pero en Chile todavía seguimos en la lógica de actividades desarticuladas.

Pensemos en la crisis climática, por ejemplo; las principales víctimas y también la primera línea de acción de la crisis climática siempre han sido las mujeres. Si vas a la Amazona, en la defensa de un río están las mujeres. Si recorres los territorios extractivos, la primera línea de defensa para conservar los pocos humedales, son mujeres. Y por otro lado las principales víctimas de todo los estragos y de la escasez hídrica, también son mujeres y niñas. Para eso, hay que poner a mujeres en los máximos órganos de relevancia, tomando decisiones; hay que reformular la academia; y hay que incentivar desde todos los lados. Yo, por ejemplo, seguí un camino científico porque mis papás me regalaron un microscopio de juguete cuando tenía 11. Nadie en mi familia era científico, mis padres no tuvieron acceso a educación superior y me crié en una vivienda social. No tuve referentes cercanos, pero pude romper con mi destino familiar por ese incentivo.

¿Cuáles son los desafíos que se vienen ahora y cómo lo hacemos para no quedarnos en algo performático o discursivo?

El contexto actual es que la ciencia está totalmente desfinanciada y la cartera ministerial es una de las últimas a las que se le da relevancia. Más que el problema de presupuesto, es cómo utilizamos esos recursos. Ahí está el gran desafío. En el programa de gobierno del Presidente electo Gabriel Boric, hay un objetivo claro que tiene que ver con descentralizar y una de las acciones es construcción 15 centros regionales de investigación. El desafío es definir bajo qué criterio se van a construir, cómo se van a emplazar en esas regiones y de qué manera se van a conectar con el entorno y con las necesidades de las comunidades. También hay que ver la falta de equipamiento de alto nivel.

Por otro lado, hay que redefinir las reglas del juego en la academia, y con la Red dimos un primer paso que fue impulsando la ley que previene y sanciona el acoso sexual en contextos educativos. Una ley que no busca ser punitiva, sino que preventiva. Mientras no solucionemos estas cosas, las mujeres se van saliendo porque se sienten abandonadas o se auto-marginan porque perciben un ambiente hostil en el que no se pueden desarrollar libremente.

Lo que más hay que entender ahora es que la conducción del ministerio es algo político. Eso quedó en evidencia con el estallido, cuando científicos investigaron que los gases que estaban usando las fuerzas policiales eran dañinos, o cuando los balines que se estaban usando no eran de goma sino que de plomo, y ahí la autoridad a cargo no actuó de la manera que esperaba la comunidad científica. Con la pandemia pasó lo mismo. La ciencia es y siempre ha sido una actividad social que impacta y por ende tiene una responsabilidad social. Por eso desde el ejercicio político hay que entender eso y, a su vez, desde el gremio de la comunidad científica, hay que entender que hay que co-construir con la sociedad de manera bilateral, y no desde una jerarquía.

 

Periodista: Emiliana Pariente
Collage: Dominga Rozas
Diario La Tercera