Las redes sociales nos dan hoy la posibilidad de sumarnos a movimientos en masa que pueden anular o desterrar para siempre las voces que nos incomodan o no nos gustan. Pero ¿cuáles son los efectos no deseados a largo plazo?

e pasó a Joanne Rowling, autora de la serie de libros de Harry Potter, cuando fue acusada de transfóbica por decir que el género se correspondía con el sexo biológico. Luego de una lluvia de críticas, la escritora firmó junto a personalidades tan distintas como Noam Chomsky, Saldman Rudshie, Margaret Atwood y Javier Cercas, una larga carta que advierte sobre los peligros de la cultura de la cancelación y el clima de intolerancia, y reivindican el derecho a discrepar.

La cultura de la cancelación está muy arraigada a nuestra vida cotidiana: querer dejar de ver algo que no nos gusta es un signo de época. Y está posibilitado por la dinámica de las nuevas tecnologías y las redes sociales. Sin embargo, este último tiempo, intelectuales de todo el mundo hicieron un potente llamado de: la acción de anular a otro, así como sus ideas o posturas ideológicas por más retrógradas que sean, representa un grave riesgo que atenta contra la democracia y la libertad de expresión.

Dejar de seguir a alguien que no te gusta. Borrar un comentario que te cae mal. Bloquear a alguien en Twitter. Sacar de tu lista de contactos a una persona con la que te enojaste. Imaginemos que todos estos actos se llevan a cabo de manera colectiva y sincrónica: un personaje, entidad o marca queda destituido de la faz de la tierra (virtual), con la rapidez en que un click puede anular todas las contradicciones que encierra una idea.

Qué se esconde detrás de esta tendencia, quiénes la propulsan, por qué crece y qué riesgos atañe, para poder reflexionar sobre las profundas implicancias de anular aquello con lo que discordamos.

Dejar de seguir a alguien que no te gusta. Borrar un comentario que te cae mal. Bloquear a alguien en Twitter. Sacar de tu lista de contactos a una persona con la que te enojaste. Imaginemos que todos estos actos se llevan a cabo de manera colectiva y sincrónica: un personaje, entidad o marca queda destituido de la faz de la tierra (virtual), con la rapidez en que un click puede anular todas las contradicciones que encierra una idea.

Qué se esconde detrás de esta tendencia, quiénes la propulsan, por qué crece y qué riesgos atañe, para poder reflexionar sobre las profundas implicancias de anular aquello con lo que discordamos.

¿Personas editables?

La cultura de la cancelación se conoce como la acción de quitar apoyo, anular o bloquear a personas, marcas o entidades que emitieron una opinión o postura ideológica que se considera no solo objetable, sino repudiable. El efecto sobre esa persona puede ser tan profundo como inmediato: más allá de su trayectoria, de si lo que hizo fue correctamente interpretado o si se la sacó de contexto (a Ángela Torres la acusaron de “apropiación cultural” por llevar trenzas estilo afro), de si lo que dijo fue ahora o hace muchos años, cuando los parámetros culturales dominantes eran otros; la persona sufre una pérdida de apoyo pública que puede representar el fin de su carrera.

Como consumidores de medios convivimos desde hace décadas con contenidos editables, redes sociales en las que intervenimos y cuentas en las que participamos comentando. Lo preocupante es que el límite parece haberse corrido, para hacernos creer que podemos editar (o directamente cancelar) a las personas.

El auge del clickactivismo

La necesidad de cancelar la difusión de determinado tipo de ideas o posturas nace por lo general de la mano de minorías que no se sienten escuchadas, que pueden encontrar en movimientos como #MeToo o #BlackLivesMatter algunos ejemplos, y que suelen ejercer en una de sus facetas en el clickactivismo (activismo a través de las redes sociales).

Por otro lado, suelen amplificarse en sociedades polarizadas o que viven algún tipo de grieta, lo que facilita que se tome una postura dicotómica rápidamente (a favor/ en contra). El componente final (e indispensable) es la plataforma en las que se llevan a cabo: nada más inmediato que las redes sociales, ámbito poco propicio para los debates argumentativo-reflexivos, y más proclive a la toma de postura automática, en muchos casos lideradas por influenciadores de opinión que se ubican de un lado u otro de la grieta. De hecho, son muchos los estudios que afirman que los usuarios buscan confirmar más que enriquecer opiniones, y poder fomentar el diálogo y la escucha en estos espacios puede resultar todo un desafío.

Anular para diferenciarse

Según nuestro experto, la cultura de la cancelación, a nivel individual, se trata de un “acto pasional basado en la indignación”, que es la forma predominante en que se construyen las identidades en redes sociales. Una manera fácil y poco reflexiva de expresar una opinión. Pero ¿es necesario ir tan lejos? ¿Por qué llegar a cancelar al otro? Según explica, “las redes sociales son una proyección narcisista de cómo se quiere ser, entonces en la cancelación del otro se niegan los propios aspectos oscuros”. En definitiva, se depositan todos los males en ese otro y se rechaza de lleno.

Justicia por mano propia

Está claro que el acto de cancelar a alguien no le da lugar a esa persona a que pueda defenderse: explicar su postura, corregir dichos e incluso arrepentirse. Como una pena de muerte virtual, la cancelación lo anula sin tribunal de manera arbitraria y, en muchos casos, irreversible.

Por otra parte, ¿qué ocurriría si anuláramos parte de nuestra historia y nuestra cultura? Un debate similar se dio a nivel internacional cuando, por ejemplo, una plataforma de películas quiso quitar el clásico “Lo que el viento se llevó” por tratar de una determinada manera la esclavitud, o cuando una plataforma de venta de libros sacó de su catálogo el libro de Hitler, “Mi lucha”. ¿Cómo podríamos analizar su discurso con el fin de que no se vuelva a repetir una atrocidad semejante, si todos los documentos en los que se exponen sus ideas son sacados de circulación?

Hacia el pensamiento ¿único?

En definitiva, anular todo aquello que exprese una idea contraria no solo es tan repudiable como el mensaje criticado, también es peligroso. ¿Quién determina qué puede decirse, y qué no? O como se pregunta nuestro experto: ¿Por qué deberíamos hacer que “deje de existir” algo que ya existe? ¿Dónde queda el debate de ideas si todos pensamos lo mismo?

Por supuesto que podemos no estar de acuerdo con un sinfín de ideas que circulan en las redes, en un chat de padres y madres del colegio, o en una discusión con amigos. Incluso, con los valores que puede transmitir la publicidad de una marca. Sin embargo, va a ser mucho más rico y provechoso tanto para quienes lo lean como para que el difundió una idea cuestionable, exponer argumentos que llamen a la reflexión y al diálogo, que tratar de anularlo y borrarlo del mapa.

Expertos consultados:

  • Luciano Lutereau, psicoanalista y doctor en Filosofía y Psicología.
  • Natalia Zuazo, especialista en política y tecnología, directora de Salto Agencia.
  • Luiza Loyola, experta en tendencias de WGSN

Fuente: La Nación