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Este cuadro, cuyo estudio se ha intensificado en los últimos años, se caracteriza por un agotamiento extremo y un distanciamiento emocional en relación a los hijos. Investigaciones internacionales y locales muestran que las dinámicas del confinamiento, el teletrabajo y la educación a distancia han expandido su presencia en madres y padres.

La señora Z es madre de una adolescente de 15 años que, en pleno confinamiento, pasa horas y horas aventurándose en juegos en línea. La mujer ha intentado una y otra vez poner límites al pasatiempo de su hija, pero la menor sólo responde con gritos, golpes y renuencia a comer. Como una manera de desahogarse en medio del encierro provocado por la pandemia, la señora Z desata su propia ira con su hijo y esposo, además de beber cada vez más alcohol. En la casa del señor X, un padre soltero de un menor de cuatro años, la situación no es mucho mejor: el desempleo, la falta de acceso a servicios de cuidado y la obligación de ser progenitor de tiempo completo le han provocado ataques de ansiedad e, incluso, ha insultado a su hijo. La señora W tampoco lo pasa bien con su hijo de siete años, quien ya presentaba problemas conductuales previos al Covid-19. Durante una discusión para que él apagara el televisor y ella pudiera cumplir con sus obligaciones, él comenzó a destrozar todo lo que encontró a su paso.

Estos son sólo algunos ejemplos, contados de manera anónima, de las dramáticas historias que recogió el año pasado la línea de ayuda telefónica SOS Parents, instaurada por la Universidad Católica de Louvain, en Bélgica. El servicio operó entre marzo y junio, y su fin fue ofrecer ayuda a aquellos padres que veían cómo las dinámicas del confinamiento incidían en su agotamiento sicológico y físico. En total se recibieron unas 700 llamadas, las que permitieron identificar que muchos de los casos correspondían a progenitores que incluso desde antes de la crisis sanitaria ya padecían de un cuadro que cada vez se estudia más y que ha sido bautizado como burnout o desgaste parental. Un reporte sobre la labor de SOS Parents señala, precisamente, que quienes llamaron a menudo eran “padres de niños pequeños o adolescentes. La mayoría tenía serias dificultades para lidiar con sus obligaciones  parentales y veía como muy difícil cumplir con sus deberes debido a la falta de recursos en el encierro. Estas personas correspondían a individuos que presentaban dificultades y problemas preexistentes al confinamiento y que terminaron empeorando”.

Según los especialistas, eso explica que entre las llamadas –las cuales provenían en un 80% de madres- se repitieran frases como “estoy exhausto/a”, “ya no puedo soportarlo más”, “necesito respirar”, “me gustaría tener más tiempo para mí” o “me voy a caer a pedazos”. “El burnout parental –una condición caracterizada por un agotamiento extremo ligado a la paternidad, el distanciamiento emocional respecto de los hijos y una pérdida de la sensación de realización  parental- ha recibido una creciente atención en los últimos años, aún más desde la crisis global del Covid-19 y el confinamiento de padres e hijos. La crisis puso el foco en el sufrimiento de los padres, y la necesidad de entender mejor el burnout parental”, escribieron Moïra Mikolajczak e Isabelle Roskam, profesoras de sicología de la U. Católica de Louvain, en un artículo publicado en octubre en el journal New Directions for Child and Adolescent Development.

Ambas han liderado los estudios en este campo que está en constante expansión: en 2015 fundaron el Consorcio de Investigación Sobre Burnout Parental, el cual ya cuenta con 90 miembros alrededor del mundo. Los reportes de estos expertos han identificado algunos patrones generales de este cuadro: en promedio, afecta al 5% de padres y madres y las mujeres son dos veces más propensas a presentarlo. “También corres más peligro si tienes un alto nivel educacional o si eres una madre o padre que se dedica a las labores domésticas. Un trabajo más formal es un factor protector, porque te da un lugar para respirar. Pero curiosamente, hemos mostrado que estos factores de riesgo socio-demográficos son menos importantes que los personales como el perfeccionismo y las prácticas parentales. A veces los padres ponen mucha presión sobre ellos mismos con las actividades extracurriculares de los niños”, comenta Moïra Mikolajczak en una reciente entrevista con la revista New Scientist.

En esa misma conversación, detalla un estudio sobre burnout parental realizado en plena pandemia con 1.300 padres belgas y que cobra importancia para Chile, si se considera el progresivo retorno de las cuarentenas.  En total, un tercio sufrió un empeoramiento de su condición durante el encierro y también se sintieron mucho más exhaustos: “Eran padres que tenían niños pequeños y que al mismo tiempo tenían que trabajar desde casa. Ellos percibían el confinamiento como una carga y como algo extremadamente estresante”, señala la sicóloga belga.

Una de las expertas que integran el consorcio sobre burnout parental es Daniela Oyarce, doctora en sicología y académica de la Universidad Santo Tomás sede Talca. Ella y su colega Pablo Pérez-Díaz, de la Universidad Austral, han analizado el tema a nivel local y han demostrado que el país no está ajeno a este fenómeno. “Dentro de Latinoamérica, Chile tiene las tasas más altas. En el primer estudio que hicimos, Chile mostró un seis por ciento de desgaste parental, versus por ejemplo otros países latinoamericanos como Ecuador que tiene 0,2%. Incluso el País Vasco español posee 0,3 % de desgaste parental. Estamos homologados a países como Estados Unidos, donde existe una cultura occidental en la que los padres se sienten muy solos criando”, cuenta la investigadora.

 

Tal como ocurre a nivel internacional, las chilenas presentan mucho más desgaste parental que los hombres. “Eso se debe a las diferencias en cuanto a quién está a cargo a de la crianza de los niños; ellas se sienten más responsables de esa labor que los hombres. También pasan más tiempo con sus hijos”, explica Oyarce. Para analizar el burnout parental en un contexto de pandemia, esta investigadora realizó otro estudio sólo con mujeres que comparó el País Vasco con Chile y que muestra cómo creció esta condición: las madres nacionales presentaron el 8,1% de desgaste, cifra que entre las vascas aumentó explosivamente hasta el 6,1%.

“La mayoría teletrabaja y ahí uno ve cómo ha impactado esa práctica, al hacer que estas madres tengan que gestionar en paralelo sus horas de trabajo con el tiempo que le dedican a los niños, con la crianza, todo esto cuando se encuentran encerrados. En general, la pandemia y las condiciones que ha propiciado, con el teletrabajo, los niños en la casa y tener que enseñarles, ha aumentado el desgaste. La crisis sanitaria ha develado un problema que ya venía de antes y que ahora se ha agudizado”, explica la sicóloga.

Una crisis de fondo

Tradicionalmente, el concepto de burnout se ha aplicado al ámbito laboral. De hecho, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), por ahora se trata de un fenómeno ocupacional y no una condición médica que surge como “resultado de un estrés laboral crónico que no ha sido manejado exitosamente”. Según el estamento internacional, esta alteración se manifiesta en tres ámbitos: sentimientos de disminución de energía o agotamiento; creciente distanciamiento mental hacia el trabajo o sentimientos de negativismo o cinismo hacia el mismo; y una eficacia profesional reducida.

En una entrevista publicada recientemente por el diario francés Le Monde, Isabelle Roskam cuenta que el concepto de burnout aplicado al ámbito parental surgió a inicios de los 80, pero durante décadas los estudios fueron mínimos y se limitaron a padres de niños con enfermedades graves. Eso cambió hace una década cuando ella y Moïra Mikolajczak empezaron a interesarse en el tema: “La idea nació de una discusión informal con mi colega, quien es profesora de sicología y se especializa en manejo del estrés y las emociones. Sus propias luchas como madre evocaban lo que ocurría con el burnout profesional. ¿Existía una versión parental del síndrome? Nadie hablaba de eso. Sin embargo, desde el 2010 noté una evolución en mis consultas: los padres no venían a preguntar por sus hijos, sino porque ellos mismos se sentían mal”.

Ambas se plantearon la hipótesis de que el burnout parental no se limitaba a los progenitores que debían lidiar día a día con  patologías infantiles potencialmente fatales. Al poco tiempo, se dieron cuenta de que tenían razón: “Durante un estudio preliminar, recibimos mensajes desoladores de padres que nos agradecieron por ponerle un nombre a sus problemas”.

“El solo hecho de pensar en tener que cuidar o estar con los hijos ya provoca cansancio, deja de existir placer. Antes al papá le gustaba llegar a la casa y jugar con su hijo un rato, y ahora no. Quiere llegar y acostarse o ver tele. Todo lo hace por obligación, porque los buenos papás juegan con sus hijos.”

Daniela Oyarce

Daniela Oyarce conoció a ambas investigadoras cuando realizaba su doctorado en Bélgica. Lo que ellas estudiaban la cautivó de inmediato, ya que su labor está íntimamente ligada al ámbito infanto-juvenil: “En el trabajo que uno hace con niños y adolescentes uno ve a muchos padres que están angustiados. Aunque no lo digan así, están chatos o con ganas de tirar a sus hijos por la ventana. Una se topa con eso también en las redes de amigos, donde hay vivencias de padres y madres que están muy cansados y no quieren más guerra”.

Según Moïra Mikolajczak, las raíces de este síndrome están en la presión que surge de la llamada “paternidad positiva” que se vive en los países occidentales. “No basta sólo con educar a los niños, enviarlos a la escuela y asegurarse de que estén sanos. Tienes que asegurarte de que tus hijos puedan desarrollar su máximo potencial en cada ámbito, que se sientan emocionalmente seguros, competentes, valorados y orgullosos de sí mismos. Esto tiene un costo para los padres”, señala en New Scientist. Incluso, plantea, muchos de ellos llegan a sentir que deben aparentar su propia felicidad: “Esa presión puede rastrearse hasta el caos posterior a la II Guerra, cuando se reconoció que los huérfanos que no recibieran afecto físico o emocional iban a sufrir. La sicología del desarrollo se expandió y los sicólogos empezaron a escribir libros para decirles a los padres cómo criar a sus hijos”.

De esta manera, agrega, la presión sobre ellos fue creciendo a paso seguro. Daniela Oyarce comenta que hoy los progenitores suelen decirse a sí mismos “cómo es mi hijo, es como soy como papá”. “Todos quieren que sus hijos sean mejores que ellos. Si le preguntas a cualquiera te va a decir ‘yo quiero que sea lo que yo no fui’. Cuando uno se encuentra con padres con hijos que tienen dificultades del desarrollo, por ejemplo, se sienten muy atacados como personas cuando sus hijos son vistos como niños problema. Se sienten muy mal porque hay algo en lo que sienten que fallaron; existe esa noción de que si a tu hijo le va a bien es porque fuiste un buen papá. Esta ecuación que se genera en nuestra cultura hace que traten de hacer lo mejor posible”.

En aquellos progenitores que terminan doblegándose frente a ese afán, hay síntomas que se presentan en fases. En primer, lugar hay un agotamiento extremo, no una fatiga que desaparece tras tres o cuatro noches de buen dormir.  Y en un intento por preservar la poca energía que les queda, los padres se distancian emocionalmente de los menores. “El solo hecho de pensar en tener que cuidar o estar con los hijos ya provoca cansancio, deja de existir placer. Antes al papá le gustaba llegar a la casa y jugar con su hijo un rato, y ahora no. Quiere llegar y acostarse o ver tele. Todo lo hace por obligación, porque los buenos papás juegan con sus hijos”, comenta Oyarce. En este distanciamiento, un padre o madre sigue bañando a su hijo o dándole de comer, pero lo hace como si fuera un robot. Cumple con sus tareas de cuidado simplemente porque tiene que hacerlo.

“Los papás empiezan a creer que ya no son buenos papás, a sentirse tristes y a tener ideas de escape. Es como que dicen ‘de verdad me quiero ir a la punta del cerro’ o ‘me gustaría tomar un avión e irme lo más lejos posible’. Estas ideas pueden ir desde la fantasía de irse un fin de semana solo o sola a cualquier lugar o, incluso, ideas suicidas. Cuando hay un nivel de desgaste  importante pueden tener esas nociones, porque parece ser la única opción de liberarse de la angustia que sienten”. Según la académica, ahí está una de las principales diferencias con el burnout profesional: “Cuando estás agotado de tu trabajo, tienes la opción de renunciar. El problema es que cuando eres padre no puedes hacer eso”.

Además de los procesos sicológicos, también pueden surgir señales físicas como trastornos del sueño y otras alteraciones. En un estudio realizado en Bélgica, se recolectó cabello de más de 100 padres y madres que buscaban tratamiento por burnout parental y se comparó sus niveles de cortisol -la hormona del estrés- con los de 70 padres que tenían el mismo número de hijos pero no presentaban desgaste. Los resultados fueron claros: los niveles de cortisol en los progenitores con burnout eran dos veces mayores que en sus pares e, incluso, eran más altos que los vistos en personas que sufren dolor crónico severo. “La vivencia de la parentalidad se vuelve una tragedia, a la que se asocian la culpa y la vergüenza. Lo que pasa con estos papás es que no suelen hablar de lo que les pasa, porque no es bien visto socialmente querer mandarse a cambiar”, explica Oyarce.

El efecto en la familia

Además del efecto en los padres, el burnout también puede irradiar su impacto hacia los menores. “Un papá que está muy agotado y no está implicado emocionalmente con su hijo, puede pasar al acto de generar violencia física o sicológica, porque ya no puede más. Esto es muy complejo, porque el niño se va a sentir culpable y va a creer que él hizo algo malo. Un menor puede reaccionar yéndose para adentro, generando un autoconcepto negativo y de que ya no es un buen niño. También puede generar más pataletas y otros comportamientos disruptivos que tienen la intención de despertar a este papá. Para un niño no hay nada más angustiante que la no respuesta”, indica Oyarce, quien agrega que esto puede generar un círculo vicioso “porque así el papá termina más cansado y colapsado”.

 

“Si dices ‘¡Ya no me importa! Si no quieres una educación, ese es tu problema!’, eso no es bajar las expectativas. Eso es rendirse. Tu hijo reaccionará muy mal porque se sentirá abandonado.”Moïra Mikolajczak

 

Además de deteriorar el lazo entre padres e hijos, el síndrome también perturba la relación de pareja. “Parte de estos conflictos pueden surgir de la percepción de un padre afectado por burnout de que su contraparte es responsable de su situación (al no compartir los deberes parentales o no ofrecer suficiente apoyo) o cuando ese padre se descarga en su pareja parte de la agresividad que siente hacia el menor”, escriben Mikolajczak y Roskam en New Directions for Child and Adolescent Development. Para ayudar a los papás que quieren averiguar si ellos padecen síntomas de burnout, se creó un test en inglés disponible en https://en.burnoutparental.com.

Frente a este complejo panorama, y las cuarentenas que siguen imponiéndose, Mikolajczak recomienda en un diálogo con The Telegraph bajar las expectativas o de lo contrario la vida diaria podría volverse imposible. En este escenario pandémico, quizás no sea tan grave permitir un máximo de cinco horas diarias de videojuegos en vez dos, aunque ella señala la diferencia entre “suavizar nuestros principios” y lanzar todo por la borda. “Si dices ‘¡Ya no me importa! Si no quieres una educación, ese es tu problema!’, eso no es bajar las expectativas. Eso es rendirse. Tu hijo reaccionará muy mal porque se sentirá abandonado”, señala la sicóloga. “Pero podría ser más constructuvo si dices ‘No puedes ver a tus amigos y tampoco hay mucho más que hacer, así que por este mes puedes jugar cinco horas al día. A cambio espero esto de ti”, agrega. Mikolajczak también plantea otra idea clave: “No tener miedo de requerir un momento de paz en relación con tus hijos”. En su caso, por ejemplo, su hijo de seis años tiene prohibido seguirla cuando ella va al baño.

Más allá de estos consejos prácticos, Oyarce señala que el burnout parental no debería provocar vergüenza: “Sobre todo en este contexto de pandemia, es algo que nos puede pasar y le ocurre a muchos papás. Es bueno conversar con alguien que les dé confianza. Y si se sienten muy angustiados porque ya la situación es intolerable, pueden acudir a algún sicólogo que los pueda contener”. Para ella lo principal es tener claro que “la parentalidad nunca ha sido fácil y menos en estos tiempos”.